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Las paredes de tu casa cantan otra vez

Esta es una historia real que Chump Lady recibió de su tía, J.

Damas y caballeros (porque los hombres tienen esposas infieles), la vida sí mejora una vez se dejan atrás los horrores que inflige un cónyuge infiel. Tanto mi segundo marido como yo tuvimos un primer matrimonio con una persona infiel, aunque nuestras historias no se parecen.

Mi primer marido vivió una infancia mísera. Su padre murió muy joven, su madre no podía hacerse cargo de todo, pasó al sistema de acogida un tiempo, vivía en los barrios más pobres, le decían que era idiota y que no valía para estudiar, y se alistó en la Marina antes de que lo reclutaran en 1953. La Marina le cambió la vida porque le fue muy bien, descubrió que tenía cerebro, y después de servir durante cuatro años, se costeó la universidad con tres trabajos distintos mientras estudiaba a tiempo completo. Nos conocimos en una clase de ciencias, nos casamos cinco días después de mi graduación (él me llevaba seis años), los dos trabajamos durante un año, luego decidió estudiar Derecho y empezó justo después de nacer nuestra primera hija.

Tuvo mucho éxito en los estudios y más tarde en su carrera profesional en Chicago. Por problemas de salud, su madre se vino a vivir con nosotros y se quedó hasta que falleció, 7 años después. Al principio no fue nada fácil, pero al cabo de unos meses ya teníamos una relación magnífica y las niñas la adoraban (nuestra segunda hija nació 6 años después de la primera). Sin embargo, durante la década de los 70, el frenético ritmo de vida que le ofrecía la gente amante de los yates con la que se codeaba empezó a hacer mella, con su cultura de beber, acostarse con mujeres jóvenes e ir de fiesta en fiesta (sé que no todas las personas que se mueven en ese mundo son así…, pero él encontró un grupo que sí lo era y lo disfrutó cada segundo).

Viajaba constantemente por negocios, y después de verlo en acción en las fiestas en los yates, me di cuenta de que me mentía sobre los viajes. Una noche, después de que se quedase inconsciente, rebusqué en su maletín, y encontré un billete de avión de vuelta de Savannah, cuando tenía que haber estado en Washington. Se lo pregunté directamente y no reaccionó, se marchó sin más.

Unos meses después decidió que no le gustaba eso de vivir en las afueras, criar a dos niñas y tener esposa. Se llevó sus cosas, compró un piso en el centro, y se fue tan feliz, por decirlo así. Nuestras hijas tenían 14 y 7 años cuando se marchó. Estaban destrozadas, pero yo más todavía, e hice todas las mismas preguntas que hace todo el mundo: ¿Qué he hecho mal? ¿No soy suficientemente buena? ¿No lo he hecho todo como debe ser? ¿Debería ir a terapia? (Yo fui, él no, pero fue lo mejor que pude hacer para entender las dinámicas del matrimonio, tal como eran en ese momento.) ¿Qué van a pensar nuestros amigos? (Todos lo habían visto venir y se alegraban mucho por mí porque había sido un cabrón durante un par de años.) ¿Cómo se lo cuento a la familia? (Mi hermano y yo, según mi cuñada, no estamos programados para el fracaso [tenía razón] y yo acababa de fracasar en mi relación más importante.) ¿Qué puedo, y qué debo, hacer?

Pues me habían machacado psicológica y emocionalmente, pero no me daba cuenta. A lo largo de los años, mi personalidad había cambiado. Le dejaba beber porque me daba miedo no hacerlo. No habría podido atacarme físicamente porque no era muy fuerte, y me hubiera podido defender con facilidad. El abuso psicológico y emocional es igual de destructivo. En cierto sentido es peor, porque es muy sutil y no es obvio desde fuera. Durante 18 meses me aterró contratar a un abogado porque no era capaz de predecir cómo reaccionaría, y me daba miedo que nos retirara el apoyo económico a mis hijas y a mí. Yo trabajaba a tiempo parcial, pero no ganaba lo suficiente para mantener la casa en el lugar en el que vivíamos. Su abogado era uno de sus socios. Pasados cinco años de inacción o retrasos falsos pero eficaces por su parte, su abogado acabó por decir que tendría que darme la casa y pagar una pensión alimenticia suficiente, o dejaría el caso y habría que empezar de cero. Al final renuncié a todos los derechos de su pensión de jubilación, de las inversiones, del barco, de los dos pisos y de todos los ingresos futuros para poder quedarme con la casa y recibir la pensión alimenticia. En su favor he de decir que siempre manejó bien el dinero y pagó la universidad de nuestras hijas.

Para cuando terminó todo, yo había recuperado mi personalidad, mi fuerza, mis ganas de vivir, y las relaciones con los amigos y la familia que siempre me apoyaron y estuvieron «de mi parte». Había empezado a conocer a otras personas hacia el final, cuando el abogado dijo que no tendría consecuencias. (No pasa nada porque él me engañe y se acueste con otras, pero mejor que yo no quedara con nadie.) Al principio no quería salir con nadie más porque estaba demasiado ocupada con mis propios problemas, y tampoco quería hacerles eso a mis hijas, que aún pensaban que a lo mejor no era más que un capricho de su padre. Cuando por fin empecé a salir con otras personas, resultó que no les caía bien ninguno de los dos hombres con los que salí en distintas épocas.

Después, unos dos meses antes de firmar los papeles definitivos (por Halloween, nada menos), mi madre me llamó por teléfono. Mi padre y ella se habían vuelto a mudar al pueblo en el que crecí, tras la jubilación de mi padre. Mi antiguo amor del instituto (M) y su mujer se habían separado. Habíamos mantenido el contacto a lo largo de los años, nos mandábamos postales de Navidad y fotos de nuestros hijos. Nosotras dos siempre fuimos amigas, desde los ocho años, desde mucho antes de que yo lo conociese a él. Éramos todos amigos, del mismo grupo en el colegio. Nosotros empezamos a salir juntos cuando terminábamos la secundaria y rompimos justo antes de graduarnos. Después empezaron a quedar entre ellos y se casaron al acabar la universidad. Según mi madre, la madre de él le contó que M era la parte ofendida, que ella había tenido una aventura con el cura de su iglesia, y que se quería divorciar. Nadie se lo podía creer, porque desde fuera parecían la pareja ideal. Él se quedó con la casa, con la casa de verano familiar, y con los dos niños, que tenían 11 y 16 años. Sí, ¡iba a dejar a su marido y a sus hijos por un cura alcohólico e infiel!

M estaba destrozado, según dijo su madre. Mi madre no me dijo más que «Haz lo que quieras con esta información». Después de eso aún tardé, pero al firmar mis propios papeles de divorcio, le escribí a M para decirle que estaba preocupada, que sé lo que se siente cuando te engañan (él ya lo sabía hacía tiempo y, a pesar de que ella decía que había terminado, no era cierto), que te suelten toda la responsabilidad, porque obviamente la persona infiel pasa de todos los problemas que supone criar niños, etc. El único consejo que le di fue que no les hablase mal de ella a los niños. Yo intenté no hablar de mi ex a mis hijas, porque las consecuencias de hacerlo pueden ser desastrosas. Los niños se dan cuenta de las cosas mucho mejor de lo que nos parece a los adultos, y acaban por entenderlo por su cuenta. M tardó un tiempo en contestarme, pero cuando lo hizo, fue como si volviéramos a tener 16 años.

Nuestra reunión del instituto se celebraba ese verano (estábamos en noviembre) y me preguntó si iba a ir, o si iba a pasar por allí antes. Yo tenía pensado ir hasta allí con mis hijas a visitar a mis padres por Navidad. Así que fuimos, vi a M, y los 25 años que habían pasado se desvanecieron. Creo que, en ese momento, los dos supimos que acabaríamos juntos. Él tuvo que esperar hasta el otoño siguiente para conseguir la sentencia de divorcio, pero entretanto, nos veíamos cuando podíamos a pesar de la distancia, a mis hijas les cayó genial desde el principio, y nos casamos aproximadamente un año después de que recibiese la sentencia de divorcio. Ese momento también era bueno para mudarme con mi hija, que estaba en secundaria (mi hija mayor ya estaba en la universidad).

Compramos una casa, él se mudó allí en el mes de mayo, yo me mudé allí en julio, y combinamos a nuestras familias, con hijos que tenían 14, 16, 18 y 21 años cuando nos casamos.

Ahora todos nuestros hijos ya han cumplido la cuarentena, tienen hijos a su vez, y todos nos llevamos genial. Nunca nos hemos planteado las cosas en términos de «-astros» y «-astras». Por lo que a nosotros respecta, tenemos cuatro hijos adultos y 7 nietos magníficos. Todos se llevan bien y lo pasamos muy bien juntos.

Aún vemos a su ex cuando viene a ver a sus hijos. El cura alcohólico que tiene por marido nunca la acompaña. Nos llevamos bien con ella, lo que les facilita las cosas a nuestros hijos y a nuestros nietos, no se producen conflictos, y todos lo pasamos bien.

Mi exmarido el infiel murió de alcoholismo hace casi 20 años. Nunca se volvió a casar. Tras sufrir un infarto y tener que someterse a cirugía a corazón abierto, no dejó de beber y se mató en el proceso. Tenía 60 años y tuvo diversas oportunidades para dejar el alcohol y recuperar su vida. No pudo o no quiso, y eso se tradujo en una forma de suicidio lento, una situación muy triste.

Sí, gente: la vida regresa después de pillar a una persona infiel que se larga o a la que se deja. (Yo nunca tuve valor para hacerlo. En retrospectiva, lo mejor que pudo hacer fue dejarme, aunque en aquel momento no me lo parecía). Sacad el valor y la entereza que requiere librarse de una persona infiel. Tardé mucho en adaptarme a mi nueva situación, pero cuando por fin lo hice, 18 meses después, y empecé a actuar, el alivio fue palpable. Una amiga me dijo «Las paredes de tu casa cantan otra vez».

Empecé a mirar hacia delante por mi bien y por el de mis hijas. Son mujeres equilibradas que, con los años, fueron aceptando a su padre, sus acciones y, en especial, su alcoholismo. A los hijos de mi marido les ha pasado lo mismo con su madre. No abandonéis la esperanza, porque os esperan días mejores tras las lágrimas y la agonía, la humillación y el dolor, el estrés y la tensión, y los intentos de mantenerlo todo a flote. No es fácil, pero se puede conseguir.

Entiendo que lo de volver con el novio del instituto no va a ser posible para todo el mundo, pero hay hombres y mujeres decentes ahí fuera, gente que os respetará, os amará, y mantendrá los votos de la boda. Llevamos casados 27 años, más de lo que duró cualquiera de nuestros primeros matrimonios. Me gusta esa canción de Sinatra que dice Love is better the second time around! (El amor es mejor a la segunda). ¡Y es que lo es! No tengáis prisa por empezar otra relación. Daos tiempo para adaptaros, descubrir quiénes sois y qué queréis. Cuando la oportunidad se presente, la reconoceréis y sabréis si esa persona es la adecuada. Hasta entonces, sonreíd a pesar de las lágrimas… Podéis con ello y las cosas buenas llegarán.

Translation into Spanish by Inés Cendón Rodríguez
Translator DE, EN > ES, GL
https://www.proz.com/profile/712654

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